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Comprensión escrita
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¿Por qué dormimos?
A menudo imaginamos el sueño como una pausa: el cuerpo se detiene, el cerebro se apaga y al día siguiente retomamos donde lo habíamos dejado. La realidad es muy distinta. Durante la noche, el organismo realiza un trabajo preciso, organizado e indispensable.

Una noche no forma un bloque uniforme. Se divide en ciclos de unos noventa minutos, repetidos cuatro a seis veces. Cada ciclo pasa por varias fases. El sueño profundo domina la primera mitad de la noche: la temperatura corporal desciende, los músculos se relajan, los tejidos se reparan y las defensas inmunitarias se fortalecen. Es el sueño de la recuperación física.

La segunda mitad de la noche deja más espacio al sueño paradójico. Esta fase encierra una aparente contradicción: el cerebro está casi tan activo como en pleno día, mientras que los músculos del cuerpo están totalmente bloqueados. Es durante esta fase cuando ocurren la mayoría de los sueños y cuando el cerebro ordena la información del día: consolida lo que merece ser recordado y deja que lo demás se desvanezca. En otras palabras, también aprendemos durmiendo.

Este equilibrio es frágil. La conciliación del sueño depende de una hormona, la melatonina, que el cerebro solo libera en la oscuridad. Una luz intensa por la noche retrasa, por tanto, su producción. Acostarse se pospone, pero la hora de despertarse no cambia: son los últimos ciclos de la noche los que desaparecen, precisamente aquellos que contienen más sueño paradójico. La memoria paga el precio.

Un adulto suele necesitar entre siete y nueve horas de sueño, un adolescente más. Las horas perdidas se acumulan en una deuda que el cuerpo reclama tarde o temprano, y que una sola noche larga no basta para saldar.